Nos falla la percepción

Hacia el año 430 antes de Cristo una terrible epidemia de peste asoló la civilizada Atenas. Tucídides describe cómo los médicos se encontraron en un principio totalmente impotentes frente a ella, debido a que ignoraban su naturaleza, y la mortandad fue en realidad más considerable entre ellos, pues eran los que más se exponían al contagio.

No nos parece tan lejano el tema, a la luz de la situación actual con el coronavirus. La diferencia es que, si bien tenemos una cierta idea científica sobre la naturaleza del virus, nos faltan mecanismos para identificarlo fácilmente. No vemos donde está. Únicamente disponemos de unos pocos tests que no cubren la demanda, y claro, también de los síntomas que aparecen en las personas que han caído enfermas.

No podemos reprochar a nuestra excelente vista humana que no perciba algo con un diámetro de una diezmilésima de milímetro. Acaso, si de algo estamos faltos, es de un buen olfato. Un perro puede distinguir un olor a cien metros y algunos insectos afinan todavía más con sus antenas. No hay más remedio que inventar un aparato que identifique virus a distancia. Nos sobra tecnología para ello.

Porque, lo de las precauciones entre personas a un metro o dos, son sin duda buenos consejos pero no están dirigidas directamente al virus. Se trata de la distancia que pueden recorrer las pequeñas gotitas producidas por la tos o el estornudo. Pero es que en una gotita de éstas caben hasta ¡un millón de virus! Hay que tener en cuenta que estos virus, tomados separadamente, pueden ser transportados por el aire y recorrer kilómetros, tal como ocurre con el polvo del Sahara que nos trae el viento del Sur. Considerando este tipo de movilidad de las partículas, puede darse el caso que nos hallemos en un espacio repleto de virus y no nos demos cuenta hasta que hayamos incorporado la cantidad suficiente de ellos para enfermar. Como en el aire los virus no se reproducen, para evitarlos es preferible situarse en un espacio abierto, donde las partículas de los virus se disipan y donde, además, actúan los rayos ultravioletas del Sol esterilizando el ambiente de forma natural.

No sirve encerrarnos en casa si no tenemos la seguridad de que está limpia de virus. De hecho, las principales concentraciones de virus se dan en sitios cerrados como hospitales y residencias. El meollo de las medidas de confinamiento consiste en que no van dirigidas contra el virus, como sería el caso de una medicina, sino que van dirigidas contra el contacto humano, por el peligro de contagio. Con estas medidas evitamos el contacto en la calle y lo favorecemos en casa, donde se hace necesario un mecanismo de identificación de virus seguro y rápido.

Josep Ramon Aragó, 2 de marzo de 2020